BASADO EN MIS HECHOS REALES

CII | BREVE HISTORIA DE MI PRIMER INFINITO LABORAL

MISTERHELLO
Jose Manuel Hernando Llorens

Director Creativo Ejecutivo Aleggria Comunicación

Todos tenemos un primer contacto con el mundo laboral, más agradable o desagradable, afortunado o desacertado, enriquecedor o destructivo. Así recuerdo yo el mio. Se trata de un fragmento del libro que estoy escribiendo sobre comunicación interna en el que hablo de todo menos de comunicación interna, y que al ritmo que llevo se publicará con carácter póstumo. Espero que lo disfrutes y te haga recordar el tuyo…

 

El Señor Gálvez era un capullo. Perdón por la expresión, pero el apelativo le hace bastante justicia al tipo. Era una versión obesa de Martínez el Facha pero con menos gracia que el personaje de Kim. Hacía mucho que lo de señor se había eliminado del protocolo empresarial, pero era una exigencia que él reclamaba silenciosamente por derecho propio como el comer o el respirar. El Señor Gálvez fue el primer jefe real que tuve y por suerte, el último irreal. Cierto es que no tenía muchos referentes de esto de la jerarquía pues como la mayoría de mis colegas generaciones, yo era un adolescente barbilampiño que entró en el mundo laboral porque era lo que tocaba.

Pero aun sin saber lo que era bien, nada más verlo supe que era mal; jefe y persona, o al revés no recuerdo. Lo que sí recuerdo es que el Señor Gálvez no hablaba directamente a la gente, salvo para gritarla. No te miraba, salvo que fueras mujer, y no lo hacía a los ojos sino al escote. Y nunca jamás te tocaba, ni para darte la mano.

Todo empezó cuando el vecino del primo del hermano de un amigo nos informó de la existencia de plazas libres en su empresa, y como no éramos de apellido, pusimos nuestro nombre en la solicitud para opositar. Tras superar con honores el primer filtro de psicotécnicos y cultura general en los que básicamente tenías que demostrar que no eras tonto de baba, pasé a la fase de las entrevistas. Y allí fue donde tuve el dudoso honor de conocer y ser entrevistado por un tal Gálvez que según todo el mundo decía, era el terror de la empresa. Yo motivado por esa amenazante prescripción, imaginaba al susodicho personaje como una especie de orangután velludo de voz potente y mirada penetrante al que había que vencer en duelo singular. Pero nada más alejado de la realidad.

PRIMEROS TRABAJOS

Foto Original:

Cartel película “El Principito”

2015

Mark Osborne

La verdad es que esa entrevista fue de los episodios más extraños y surrealistas a los que me he enfrentado en mi vida, tanto que a veces creo que lo he soñado. Gálvez tenía una especie de sombra zombie llamada Ana que, sin ningún tipo de entonación, emoción ni protocolo, me condujo hasta una enorme sala regularmente iluminada y peormente ventilada al fondo de un largo pasillo. Al entrar, me sorprendió la infinidad de sillas plegadas y pegadas a la pared que rodeaba todo el perímetro de la sala y especialmente, la que ocupaba el centro del espacio vacío sobre la que me invitó a sentarme. Cuarenta y siete minutos de abandono después apareció el señor Gálvez con su zombie y arrastrando una silla con intencionada cacofonía, se sentó frente a mí a lo John Wayne apoyando ambos brazos sobre el respaldo de su montura,  fijando su mirada porcina sobre mi insignificante figura.

Ciertamente no era el gigante simio que yo esperaba, salvo por la prominente barriga que le circundaba, sino más bien un híbrido entre hiena y buitre leonado. Todo esto pensaba sin mirarle mientras su sombra zombie me ilustraba con un cansino monólogo sobre responsabilidades e irresponsabilidades del puesto de trabajo al que postulaba, limitándome a asentir, ignorar o negar, según lo que suponía se esperaba de mí. Hasta que el Señor Gálvez sin preaviso se izó de su montura, me apuntó con su rechoncho dedo, y con una voz aflautada con deje cacereño me hizo llegar una pregunta junto con un perdigón de saliva en la frente…. Señor Hernando –gritó- está bien dicho “aré lo que pude?”. Bueno –respondí yo- si lo dice usted, supongo que estará bien, no?. Y así conseguí mi primer segundo trabajo.

Esta historia es completamente verídica, golpe a golpe, verso a verso. Supongo que la respuesta que esperaba se acercaba más a un “bueno, si no pudo arar más…”, pero como no parecía querer evaluar mi nivel de inteligencia sino más bien mi grado de sumisión o estupidez, con un seco asentimiento de cabeza me aprobó y salió. Y así me incorporé al día siguiente a una quinta planta de un edificio cercano a la Castellana junto con otros doce incautos que a buen seguro, tampoco cuestionaron ni evidenciaron su necedad.

Recuerdo todo aquello porque además de ser mi desfloramiento laboral real, hay cosas que por mucha tierra o tiempo con que intentes taparles, nunca se olvidan. Por suerte para las siguientes generaciones, la del Señor Gálvez está ya prácticamente extinta o jubilada, aunque sorprende ver lo alargada que todavía es su sombra. Pero eso, es otra historia…

Porque esto es misterhello y estamos para eso, para hablar de comunicación interna de una forma diferente.¿Hablamos?